24 feb. 2016

Recuerdo que teníamos 19 años cuando nos encontramos en una plaza apretada de La Candelaria. Sin sospechar las heridas que nos dejaríamos tiempo después, había llegado hasta allí sintiéndome única porque me amabas; si me pidieran explicar el significado del verbo flotar, diría que es tener 19 años y estar enamorado en una ciudad desconocida. Como nosotros. Como ese septiembre de 1996. Mientras te esperaba sentada junto a la fuente, ojeaba un pequeño libro de Gonzalo Rojas que había comprado al llegar al aeropuerto -No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más. Y océano, y océano, y únicamente océano- y me parecía que estar allí sentada esperando era un acto poéticoRecuerdo que luego de varias conversaciones telefónicas, una noche nos declaramos discípulos de Gonzalo Arango y allí, juntos y perdidos, lo buscamos por toda la ciudad sin que nadie nos diera razón ni respuesta. Las librerías lo habían olvidado, los libreros guardaban silencio al oír su nombre y el encargado de la sección de literatura colombiana de la biblioteca apenas pudo darnos referencia de una antología en la que aparecía un poema suyo. Solo un vendedor de libros usados frente al Museo del Oro nos escuchó atentos e incluso nos contó alguna anécdota personal sobre haberlo visto en un recital en Medellín en el 67, pero tampoco tenía copia alguna de su Obra Negra. Sí tenía, recuerdo, un librito de crónicas de Gabo cuando vivía en Caracas que compré para regalar, pero terminé quedándome. También nos llevamos dos Faulkner, dos Sthendal, dos Raymond Chandler y una antología de Bukowski que se quedó él cuando dijimos adiós. Recuerdo ir en el taxi de camino a casa con  la sonrisa hiriéndome la cara, cuando el taxista me miró por el retrovisor para preguntarme si estaba enamorada. Sí -le dije, y me sorprendí con mi respuesta-. Era la primera vez que lo decía en voz alta y lo estaba haciendo frente aquellos autores que apenas iba a conocer. Un desconocido se había atrevido a preguntármelo y lo mínimo que merecíamos él y yo era una respuesta. Sí -repetí-. Y él sonrió entre pícaro y superior la compadezco y le subió el volumen a la radio. Recuerdo que me aferré a mis libros y le sonreí, dejando pasar el comentario sin saber que mientras la música sonaba, el mundo era un lugar hermoso en septiembre de 1996, muy lejos de este presente sombrío desde el que ahora escribo confundida por mis miedos, por mi amor.

5 comentarios :

  1. Qué bonitos son los 19 y todo lo que se vive y se siente tan intensamente. Después cuando pasan los años y recuerdas el pasado sonríes y te das cuenta de otras cosas, yo no compadezco a los enamorados, me alegro de que al menos sientan que lo están.

    (saludos)

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  2. Me has traído muchos recuerdos bonitos de regalos que al final me quedé y de cosas mías que acabé regalando, recuerdos de un amor que fue y que ya no es, de las heridas que curé con mimo porque me alegraba que hubieran podido producirse.
    Lo haces bonito, sabes hacerlo bonito.

    abrazo.

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  3. Recuerdos sublimes, Eme. Es precioso. Con diecinueve años uno cuenta con un amplificador muy potente que te hace ser muy sensible a esos estados de flotabilidad y, sin embargo, eso no quiere decir que más adelante no suceda, aunque la forma de percibirlo no sea la misma. El tiempo luego te enseña que se producen nuevas partes sublimes y que te vas dando cuenta de ellas a medida que va pasando precisamente más tiempo.
    Esos pequeños tesoros... esas partes que nos convirtieron en nosotros mismos...
    :)

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  4. Me encantó la forma en la que consigues redactar todo y atraparme. No sé. Claro que conozco lo que es tener 19 años y decir orgullosa que estás enamorada... Muy bonito todo.
    Un beso :)

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  5. Pues no las había leído, muchas gracias a todas <3

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